Relato: El tren de las 12

El martes os hablé sobre los concursos literarios y el cómo nos pueden ayudar a crecer como escritores. Hoy, como ejemplo, os traigo el relato con el que gané el reto violento que organizó el antiguo foro Fantasía Épica (actual Fantasitura). Como podéis deducir por el título del reto, la violencia era el tema a tratar.

No es un relato de fantasía, pero creo que las sensaciones que sentiréis al leerlo os gustarán y os dejarán mal cuerpo por su realismo. Espero que os guste:

eltrendelas12

EL TREN DE LAS 12

Sabías que pasaría, lo sabías desde el momento en el que escuchaste la puerta principal abrirse.

Eran las once de la noche y todavía no te habías dormido. Sentiste el peso de sus pisadas retumbando en la madera del suelo, los pasos irregulares subiendo las escaleras, la voz de una persona que parecía estar enfadada con el mundo, o que simplemente buscaba una excusa para desahogar su rabia con alguien.

Ahora, incapaz de conciliar el sueño, agudizas el oído para intentar entender algo de la conversación que se desarrolla en la habitación de tus padres, una conversación bañada con insultos que no logras adivinar y que, poco a poco, va subiendo de volumen hasta que lo oyes.

¡Plas!

El sonido de la palma de tu padre al impactar contra la cara de su esposa hace que te desveles. Te levantas de la cama con el corazón latiendo más rápido de lo normal y te pones lo primero que encuentras, vistiéndote al son de los sollozos de tu madre: sollozos que se desgarran bajo los gritos y los golpes de su marido para los compases de una melodía triste y amarga.

Antes de atreverte a salir de la habitación, sientes varios golpes más contra el batiente del dormitorio de al lado, seguidos de unos pasos que se alejan y que concluyen con el estruendo del cristal de una ventana al romperse. Con el miedo oprimiendo tu pecho, abres la puerta y avanzas hacia el lugar en el que tuvo lugar la discusión. Allí encuentras a tu madre tirada en el suelo y apoyada contra la pared, rodeada de cristales y con la mirada perdida, ausente. Sus ojos, a pesar de ya no derramar lágrimas, están hinchados y rodeados por un amargo color morado. Encima de uno de ellos hay un pequeño corte del que sale un hilo de sangre que ya está seca. Varios desgarrones en su camisón y un puñado de moratones alrededor de su cuello acaban por completar una imagen escalofriante.

Después de unos segundos observando a la persona que te dio la vida, vas junto a ella y le hablas, intentas que sus ojos te miren, que enfoquen algo más que el vacío que alberga su mirada. Si no fuera por el vaivén de su pecho nada la diferenciaría de un cadáver.

—¿Qué coño haces aquí? —La voz de tu padre suena en la estancia, sobresaltándote y haciendo que vuelvas la mirada hacia él—. ¿Por qué no estás en cama?

Su presencia te coge por sorpresa, aunque era de suponer que sucedería. Al ver que lo observas sin decir ni una sola palabra, su voz adquiere un tono más amenazador. Se acerca a ti. El hedor a alcohol que desprende su boca te provoca náuseas. Observas que habla con algo de dificultad, como si le costara articular las palabras. Se traba en la pronunciación y suelta saliva con cada sílaba que sale de su boca.

—La quieres más a ella, ¿verdad? —dice mientras avanza hacia ti con la rabia reflejada en su rostro—. Claro, yo soy el borracho, ¿no? El malo de la película.

Tú sigues callado, observándolo cada vez con más temor. Tu madre parece reaccionar ante las palabras de su marido, como si intuyera que algo fuese a pasar.

—Pégame —dice tu padre, ya frente a ti—, me lo merezco por ser un cabrón. ¡Pégame! —ordena mientras coge tu mano y empieza a golpearse a sí mismo.

La impotencia de la situación hace que las lágrimas empiecen a brotar de tus ojos. Intentas soltarte de su agarre, apartar la mano con la que se golpea mientras grita. Tu madre le dice que pare, que tú no tienes culpa de nada, que le quieres a pesar de todo, pero él no la escucha. Al final acaba por soltarte la mano con un movimiento brusco, un empujón en el que, sin querer, te golpea la cara arañándote una mejilla con las uñas.

Al darse cuenta de la fuerza con la que te empujó y del arañazo, comienza a pedirte perdón, dejando ver cómo las lágrimas también empiezan a resbalar por sus mejillas. Pero no importa: no quieres sus disculpas. La rabia producida por la impotencia de la situación hace que marches de allí. Bajas las escaleras y sales de casa dando un portazo. Entonces comienzas a correr dejando solos a un borracho que desconoces y al que antes llamabas papá, y a una mujer sin vida, un cuerpo vacío que ya no siente los golpes que recibe cada noche de la persona que ama.

***

Minutos más tarde llegas jadeando a la estación de ferrocarril. Allí te tumbas sobre el suelo y observas la noche: un manto negro salpicado de estrellas. El aire frío te da en la cara mientras tu mente permanece en blanco. Ya no sientes dolor, ni rabia. Ya no sientes nada. Ese lugar es tu refugio las noches en las que los vasos de vodka son más fuertes que la voluntad de tu padre.

Resulta triste pensarlo, pero llevas tanto tiempo viviendo la misma escena que ya casi eres inmune al miedo, y quizás eso sea lo más terrorífico. Poco a poco, el temor en el que vivías fue substituido por la ira. Estás cansado de no reconocer al hombre que tiempo atrás hubiese dado su propia vida por que no le pasara nada a su familia, de no distinguir el color de los ojos de quien te trajo al mundo, ocultos bajo el sabor de un amor marchito.

Hay tantas cosas que no entiendes. ¿Por qué tu madre no hace nada? ¿Por qué sigue consintiendo todo lo que ocurre? «Porque lo quiere, al igual que yo», piensas.

Tampoco puedes culpar a los vecinos: ellos son unos cobardes, al igual que tú. Todos en el pueblo saben los problemas que hay en tu familia y, sin embargo, nadie hace nada para cambiarlo, simplemente se dedican a saludar con una sonrisa compasiva, como si nada hubiese ocurrido, como si no hubieran oído los gritos y las palizas que ambientan la noche desde tu hogar. Cobardes.

El tren de mercancías de las doce emite un pitido, apartando los pensamientos que te pasan por la cabeza. Aún te quedas un rato más allí tumbado, mirando la luna y su luz plateada, descansando en el único lugar en el que te sientes seguro. Por un momento deseas que el tiempo se detenga en ese instante, libre de pesadillas, con la noche arropándote en el frío invierno, aunque sepas que esas cosas solo suceden en los cuentos.

Te levantas y comienzas el camino de vuelta a casa. La ira que iba creciendo en tu interior se apacigua. Atrás quedan las farolas iluminando la estación en la distancia.

***

Durante la semana, el tiempo transcurre haciendo que todo vuelva a la normalidad. Horas de estudio, trabajo y encuentros con los compañeros consiguen que la escena de hace unos días acabe escondida en algún rincón de tu mente; pero la vida está llena de gente malvada, de personas que sienten placer con el sufrimiento ajeno, y Marcos es una de ellas.

Está anocheciendo y disfrutas de la conversación con tus compañeros cuando él aparece. Se detiene a unos metros de ti, acompañado por varios de sus colegas.

—¡Hey, Alex! —te saluda—. Me contaron que tu madre se lo está pasando muy bien con el tío ese que os está arreglando la puerta.

Sus compañeros le ríen la gracia, pero tú lo ignoras y sigues los consejos de tus amigos, a pesar de que la ira te va invadiendo.

—Por cierto —continúa—. Vi a tu padre en La garita. Estaba un poco contentillo de más, a mi parecer. —Sigues callado, haciendo caso omiso porque sabes que solo busca picarte. No quieres pelear con él porque saldrías mal parado; sin embargo, no puedes contener la rabia que has ido acumulando a lo largo del tiempo—. Debe de ser una putada que por su culpa tu madre tenga que rebajarse tanto para ganar algo con lo que comer.

Te levantas y corres hacia él con el puño cerrado. El puñetazo va cargado con tanta fuerza que Marcos cae al suelo con la nariz rota y sangrando. Si hubiese estado solo, ahora mismo estarías lanzando patadas a sus costillas hasta que te cansaras, pero no eres tonto, por lo que empiezas a correr hacia casa perseguido por sus amigos.

Consigues entrar en tu hogar antes de que los compañeros Marcos te alcancen. Subes las escaleras que conducen a tu dormitorio maldiciendo la mala suerte que tienes. ¿Por qué todos se empeñan en hacerte sufrir? ¿Por qué tienes que vivir cada día con la rabia creciendo en tu interior?

Te tumbas en cama e intentas dormir, que la jornada se acabe y todo vuelva a empezar; sin embargo, los gemidos de placer de tu madre te lo impiden. Todavía sigues despierto cuando, minutos más tarde, oyes cómo se despide de Michael: el tío que os está arreglando la puerta.

***

Si hay algo que odias especialmente, incluso más que reconocer que Marcos tiene razón, es la curiosidad y el cotilleo de los vecinos. Gracias a ellos, cualquier persona que preste un poco de atención en la plaza puede saber las últimas novedades sobre tu familia, incluso tu padre. Por este motivo sabías que hoy la escena se volvería a repetir.

Sentado en cama, oyes como la puerta principal se abre con violencia. Los primeros gritos y amenazas suenan en el domicilio, amortiguados en alguna ocasión por los golpes de tu padre contra los distintos muebles. Por el tono de su voz sabes que no está borracho: puede que haya bebido, pero no hasta tal punto. Esta noche los motivos han sido otros: los celos y la infidelidad.

Pronto comienza la discusión entre el matrimonio. Cada golpe que sientes desde tu habitación hace que esa rabia que creías apartada vuelva a hacer presión en tu pecho. Lo oyes todo.

Un grito que hace crecer tu ira.

Un golpe que incita a aumentar la rabia.

Un llanto que desborda tu furia.

—¡Zorra de mierda! —escuchas que dice tu padre, acompañando su palabras con hostias que retumban en las paredes. Tu madre grita y devuelve los insultos.

Todo se desarrolla siguiendo el mismo patrón de siempre. «No soy un cobarde», piensas. Con la mandíbula apretada por la ira, te levantas y caminas con paso rápido hacia el lugar de la discusión. Allí ves cómo tu padre golpea a su esposa una y otra vez con la mano abierta, cómo la empuja y la estrangula contra la pared.

No te lo piensas dos veces: te abalanzas sobre él propinándole un puñetazo con el que caéis los dos al suelo. Te revuelves y consigues ponerle las rodillas sobre el pecho, golpeándolo varias veces con el puño cerrado, notando cómo sus huesos crujen bajo tus nudillos mientras tu madre suplica entre sollozos que pares. No obstante, en ese momento tus pensamientos te llevan a todas las noches vividas desde que eras un crío, a cada situación en la que los demás niños te despreciaban, a cada momento en el que no supiste del afecto de una madre que buscaba el amor perdido en otros besos que no eran los de su esposo.

Eres incapaz de controlarte, la rabia crece más dentro de ti a medida que golpeas el cráneo de tu padre contra el suelo. Tan solo cuando sientes que te has desahogado del todo te detienes. Te levantas y observas el cuerpo inmóvil que yace sobre el suelo, la cara deformada y tintada en sangre. Debajo de la cabeza del cadáver empieza a formarse un pequeño charco de color carmesí. Observas la imagen, de pie, incapaz de pronunciar palabra. Tu padre no respira. Tu mente permanece en blanco, incapaz de asimilar lo que ha pasado, pero en ella siguen sonando los gritos, los golpes y los llantos. Lo último que ves antes de echar a correr es a tu madre llorando sobre el cuerpo inerte de su marido.

***

En la estación reina el silencio y el frío de siempre. Cuando llegas, bajas a la vía y te tumbas sobre los raíles, notando su tacto gélido contra la espalda. Desde esa posición observas una vez más las estrellas.

Por alguna extraña razón no eres capaz de derramar ni una sola lágrima, simplemente te dedicas a contemplar la noche empapándote de su belleza, refugiándote en su color negro para escapar de tu oscuridad.

El reloj de la estación marca las 23:55 y en tu cabeza se forma la imagen del rostro destrozado de tu padre. «No soy un cobarde», piensas.

Has puesto fin a los maltratos, sin embargo, sabes que tu corazón está cubierto de tinieblas, de pesadillas que te perseguirán. La culpa y el remordimiento te comen las entrañas, el miedo a ser como él.

A lo lejos percibes el pitido del tren de mercancías de las doce. El corazón te empieza a latir con violencia. «No soy un cobarde», recuerdas mientras las lágrimas comienzan a resbalar por tus mejillas. Ojalá pudieras echar la culpa de lo sucedido al alcohol, sin embargo, sabes que tu padre sufría un trastorno debido a los maltratos recibidos en su infancia. Ese era el origen de su comportamiento: el abuso que recibió, la falta de cariño. Aquellos sucesos lo habían convertido en el ser que era, y tú no quieres ser como él: no quieres convertirte en un monstruo.

Con el retumbar producido por el traqueteo del tren sobre los raíles de la vía, cierras los ojos y guardas en tu memoria la imagen de un cielo salpicado de estrellas. Un nuevo pitido se oye más cerca. El aire sopla gélido contra tu rostro y el corazón se te acelera con el sonido de las ruedas sobre el hierro de las vías. «No soy un cobarde», piensas cuando el reloj de la estación marca las doce. «No soy un cobarde», piensas con el último silbido del tren.

¿Qué os ha parecido el relato? ¿Alguna vez participasteis en algún reto de este tipo? Ayudadme a poner fin al maltrato y compartirlo por redes sociales para que llegue a todo el mundo. Cada granito de arena hace más grande a la montaña.

¡Muchas gracias y nos leemos!

Háskoz

Nota: Comentar es gratis y me alegra el día. Comenta si has leído, comparte si te ha gustado y si no te quieres perder nada síguenos en Facebook y en Twitter 😉

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2 comentarios en “Relato: El tren de las 12

  1. ¡Increíble relato!
    Te diría que felicidades por ganar el concurso, pero visto el relato, entiendo que ganaras… Una temática complicada que has sabido llevar perfectamente. A la vez que, explicada de una manera con la que te comes al lector.
    ¡Saludos!

    Le gusta a 1 persona

    • ¡Muchas gracias SrShan!

      Me alegra mucho que te haya gustado el relato. No es nada del otro mundo, pero el mensaje que quería transmitir está ahí y la segunda persona creo que ayuda a darle contundencia al relato e implica más al lector.

      ¡Muchas gracias por tus palabras y disculpa la tardanza en contestar!

      ¡Un saludaco!

      Le gusta a 1 persona

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