La epidemia del análisis, los apuntes y la perspectiva

Cuando alguien comienza a trabajar en un campo o arte que le fascina, suele mostrar al comienzo una gran ilusión que lo empuja siempre hacia delante, poniendo esmero en cada pequeño detalle del proceso, por ridículo que sea este, a veces con un resultado que supera todas las expectativas establecidas, mientras que en otras ocasiones el golpe de frente y contra la pared que se produce se puede sentir en la lejanía.

Dentro del inabarcable mundo de la literatura, todos tenemos una serie de referentes a los que nos comparamos o intentamos imitar, aunque esto pueda ser de manera subconsciente, ya que las influencias que hemos tenido a lo largo de nuestra experiencia son las que nos hacen elegir el camino que queremos tomar y las decisiones que tomamos en él hasta completarlo. Una persona a la que le encanta el género de terror por encima del resto seguramente se decante por él, mientras que otra sienta lo propio con las novelas de aventuras también le ocurrirá lo mismo.

Una vez nos decidimos a bucear dentro de estas influencias personales, descubrimos que hay autores concretos con los que en algún momento todos nos quisimos equiparar, sentir que nos acercamos a los que los hizo especiales para nosotros, y deseamos que alguien de la misma manera nos coloque en un mismo nivel o incluso superior a aquellos a los que en un día consideramos nuestros modelos.

Y entonces, pasito a pasito suave suavecito y sin avisar, es cuando llega el día de la gran pregunta. ¿Qué es lo que nos ha fascinado con tal locura de dichos autores, a tal punto que quizás dicha admiración sea lo que definitivamente nos haga levantarnos una mañana cualquiera con la ambición de elaborar nuestro propio trabajo? Porque todo tiene un inicio, un nudo y un desenlace, pero sin un detonante de salida nada podría existir.

Una vez llegado ese momento, es cuando empiezan las comparaciones y los análisis pseudocientíficos, por llamarlos de alguna manera, y ahí nos damos cuenta de que la epidemia se ha extendido hasta nosotros. Comenzamos a ver las novelas o relatos como puntos de referencia y no como parte de la que siempre fue nuestra afición; comenzamos a desgranar a otros autores y sus trabajos para descubrir las mejores técnicas y recursos de los que están compuestos; e irónicamente, aquí es cuando dejamos de disfrutar plenamente de cada uno de los libros que pasan por nuestras manos, porque la lectura prácticamente se transforma en un trabajo de observación y apuntes.

 

underwood

Máquina de escribir Underwood, en una escena de House of Cards

 

«¿Por qué estos personajes rebosan tanto carisma y qué los hace tan atractivos?» «¿Cómo ha ido preparando el autor el tono de la novela hasta conducirla a ese giro argumental que me ha dejado con la boca abierta?» «¿Qué es lo que hace de ese mundo de fantasía algo tan especial, como si pudieran zambullirme en las páginas y sentir que de verdad camino dentro de él?» Estas son solo algunas de las preguntas que a todos los escritores se nos han ocurrido en más de una ocasión, y no forman parte de una curiosidad totalmente negativa, ya que aprenderemos valiosas lecciones a lo largo de este proceso –que no es más que un mal necesario–, pero debemos mantener dicha curiosidad bajo control si no queremos que nos domine y nos haga estancarnos.

Antes que aspirantes a escritor –aunque algunos de los que me lean quizás hayan superado la frontera de la publicación y ya hayan hecho sus pinitos en colaboración con ciertas editoriales–, todos hemos sido en un principio aficionados y consumidores dentro de esta afición que compartimos, y eso nos ha reportado horas de placer que no hemos podido encontrar en ninguna otra parte. O al menos no hubo nada que nos lograse transmitir las mismas sensaciones.

Es por ello que nunca debemos dejar de disfrutar con aquello que nos consiga atrapar y hacer que las horas transcurran como si apenas se tratasen de un suspiro, que nos ayude a evadirnos de la rutina y que ponga un puntito de magia en cada uno de nuestros días.

Si alguna vez percibimos alguno de los síntomas descritos con anterioridad, lo mejor que un doctor nos podría prescribir es detener la maquinaria, incluso atrancando los engranajes con lo primero que encontremos para evitar que la rueda logre dar una vuelta más –si esto fuese necesario–. Simplemente dejarnos llevar y ver cualquier libro como lo que realmente es, y olvidarnos de que tras el se esconden incontables horas de trabajo hasta que llegó a tomar forma.

No es conveniente ponernos a leer nada más terminar una sesión de trabajo de cualquiera de nuestros proyectos –o viceversa–, porque ahí tendremos una experiencia reciente que nos impida desconectar. Olvidarnos por un momento de que el autor que estamos leyendo ha cumplido el sueño que nosotros todavía perseguimos.

La vida está hecha para vivirla y disfrutarla enteramente, y no olvidemos que con un libro podemos vivir muchas sin ni siquiera levantarnos del sofá. Sería un desperdicio darnos cuenta de que, después de tantas páginas leídas a nuestras espaldas, lo único que hayamos aprendido es cómo dar buena forma a una historia. ¿Y el resto, qué?

 

Araglion

 

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3 comentarios en “La epidemia del análisis, los apuntes y la perspectiva

  1. Totalmente de acuerdo, Araglion.

    La capacidad de desconectar la parte crítica de nuestro ser, la que exige diseccionar y descomponer la receta del éxito es a veces, muchas veces, casi inexistente.
    No obstante, es una habilidad necesaria puesto que un escritor que no disfruta de la lectura difícilmente disfruta escribiendo y viceversa.

    Gracias por tan buen artículo.
    Fuerza y valor.

    Le gusta a 1 persona

    • Totalmente de acuerdo contigo, Mmar.

      Creo que en primer lugar tenemos que disfrutar de lo que estamos haciendo –que por alguna razón hemos elegido hacerlo–, y luego aprender a practicar un poco el lado crítico que todos guardamos dentro, pero con mesura para que no se salga de madre.

      ¡Gracias a ti por leerlo! ¡Un saludo!

      Le gusta a 1 persona

  2. Pingback: Porque a algunos les van las pelirrojas | Pluma de fénix

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